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por
Miguel Ángel Molinero Polo
Ya
desde casa escribo esta última entrada y es la que más me ha costado. El
miércoles 5 de abril se cerró la tumba a media mañana. No podíamos
llegar hasta la hora normal de fin de la jornada, pues había muchas
formalidades que cumplir en el taftish, la oficina del SCA. Ni
siquiera tuvimos tiempo de hacer un paseo con calma por la tumba, que
hubiera servido como despedida a Harwa y como repaso de la tarea
concluida.
Ésta
ha sido una campaña productiva, aunque menos vistosa que la de otros
años. Se han registrado más de mil quinientos bloques de pared con
decoración, una cifra enorme, que ha duplicado el número de fragmentos
fichados. Se han introducido los datos de otros tantos bloques en la
base de datos. Se ha mejorado la reconstrucción de las tres puertas de
la pared sur que ahora están ya almacenadas y se ha iniciado la
reconstrucción de dos puertas de la pared norte. Hemos empezado a
identificar y ubicar bloques de los pilares, probablemente la tarea más
difícil que vamos a emprender los epigrafistas de Harwa, pues la
composición que cubre estos soportes es por ahora inédita. Se han
realizado copias a mano del texto aún visible en los pilares del patio
de Harwa y de Pabasa. Y, por encima de todo esto, hemos aprendido
muchísimo todos, de epigrafía, de textos egipcios, de la Tebas antigua y
del Egipto actual. Y hemos disfrutado mucho con este aprendizaje.
Desde
aquí, los miembros del equipo epigráfico lagunero queremos agradecer muy
sinceramente esta oportunidad maravillosa a Francesco Tiradritti,
director de la Misión Italiana de Luxor, que desde hace tres años confía
en nosotros, a todos los integrantes de la Misión, por hacer de este
periodo de duro trabajo –porque lo es– una estancia entre amigos, y a la
Compagnia di San Paolo y a Toro Assicurazione, por su
apoyo financiero.
Luxor
no dejó de marcar su impronta hasta el último minuto antes de nuestra
partida. Habíamos reservado mesa en un restaurante nuevo, muy bien
montado, justo enfrente de la estación de tren, donde quedamos con L.
Corcoran para despedirnos de ella. Llegamos con bastante tiempo antes de
la hora en que teníamos que estar en el andén. Desde el primer momento
indicamos al camarero que no podíamos demorarnos mucho y queríamos algo
rápido y sin complicaciones. Amablemente, a todo dijo que no había
problemas. Una hora y media más tarde nos tuvimos que ir sin haber
empezado a cenar. Entre tanto, habíamos descubierto que el camarero no
debía de saber en inglés otra cosa que “Yes, yes” y “no problem”.
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